El Improvisador
El Improvisador Cuando llegamos a la taberna, mis ojos buscaron inútilmente a la niña ciega, su grito volvió a traspasar mis oídos y oí cómo mi corazón respondía con impetuosos latidos… Era como si hubiera cometido un pecado. Ciertamente, primero le había metido en el alma con mi canto, aunque sin mala intención, el dolor y la pena y, al hacer patente su pérdida había hecho entrar en su alma el horror y la angustia, le di un beso en la frente, el primero que había dado nunca a una mujer. Si hubiera podido verme no me habría atrevido, pero su desventura, su desamparo, me dieron ánimos para hacerlo. ¿Y yo me atrevía a juzgar a Bernardo con dureza?
Yo, un hijo del pecado como todos, habría querido arrodillarme ante ella y pedirle perdón; pero no la veía por ninguna parte.
Montamos en el coche para regresar a Salerno, volví a buscarla una vez más pero sin atreverme a preguntar dónde podía estar. Entonces exclamó Gennaro:
—¿Dónde está la niña ciega?
—¿Lara? —dijo nuestro guía—. Seguirá en el templo de Neptuno, es donde suele pasar el tiempo.
—Bella divina! —exclamó Gennaro, lanzando con sus manos un beso hacia el templo. Nos pusimos en movimiento.