El Improvisador
El Improvisador De modo que se llamaba Lara. Yo estaba sentado de espaldas al cochero, veÃa las columnas del templo alejarse cada vez más, pero en mi corazón seguÃa oyendo el grito de miedo de la niña, mi propio dolor. En el camino habÃa acampado un grupo de gitanos que tenÃan encendido un gran fuego en la cuneta y estaban cocinando. La anciana abuela gitana tocaba la pandereta e intentó adivinarnos el futuro, pero no nos detuvimos. Dos niñas de ojos negros nos siguieron un buen trecho. Eran bonitas, y Gennaro se puso a hablar de su ágil carrera y sus ojos ardientes, aunque no eran bellas ni nobles como Lara.
Al atardecer llegamos a Salerno, para dirigirnos al dÃa siguiente a Amalfi y desde allà a Capri.
—Sólo un dÃa —me dijo Fabiani— permaneceremos en Nápoles cuando lleguemos allÃ, a finales de semana tenemos que estar de vuelta en Roma. ¿Tendrás tiempo de arreglar tus cosas tan rápido, Antonio?
Yo no podÃa, no querÃa volver a Roma, pero una timidez, un miedo de los que nunca habÃa conseguido librarme a lo largo de mi vida de pobreza y sentido de la gratitud, hicieron que me atreviera a balbucir que Sua Eccellenza se irritarÃa seguramente si osara regresar.
—¡Nosotros nos ocuparemos de todo! —me interrumpió Fabiani.
—¡Perdónenme, pero no puedo! —balbucà tomando la mano de Francesca—. ¡Reconozco profundamente todo lo que les debo!