El Improvisador
El Improvisador —¡Nada de eso, Antonio! —respondió ella, poniendo su mano en mis labios. En ese momento anunciaron a unos forasteros, yo me quedé silencioso en la taberna, consciente de mi debilidad. Dos dÃas atrás era libre e independiente como un pájaro, y Aquel que no permite que ni un gorrión caiga a tierra, se habrÃa ocupado también de mÃ; y sin embargo dejé que el primer hilo perdido que se me arrojaba a los pies se convirtiera en cable de ancla. En Roma tienes buenos amigos, pensé, buenos y leales, aunque no tan corteses como los napolitanos. Pensé en Santa, a la que no querÃa volver a ver, pensé en Bernardo, al que habrÃa de encontrarme dÃa tras dÃa en Nápoles, en Annunziata, que iba a venir, en el bosque de su mutuo amor. ¡A Roma, a Roma! ¡Es mucho mejor!, me dijo mi corazón, mientras mi alma reclamaba libertad e independencia.