El Improvisador
El Improvisador Aventura en Amalfi. La gruta azul de Capri
Con qué belleza destacaba Salerno sobre el mar cuando a primeras horas de la mañana zarpó nuestra embarcación; seis fornidos marineros manejaban los remos, al timón iba sentado un muchacho, que podría ser objeto de una preciosa pintura, llamado Alfonso. El agua era verde como el vidrio. Toda la costa, a nuestra derecha, parecía consistir en espléndidos jardines colgantes, construidos por una Semíramis de fantasía desbocada. Se abrían a la orilla del mar, como si fueran columnatas, las amplias cuevas abiertas, dentro de ellas jugaba la rompiente. En el promontorio de roca había un castillo, una nube se deslizaba bajo su corona de murallas. Vimos Minori y Maiori, y al poco también Amalfi, la ciudad natal de Masaniello y de Flavio Gioia[74], asomando entre los verdes viñedos.
La enorme plenitud de la belleza me abrumaba. ¡Ojalá todas las estirpes de la tierra pudieran contemplar esta hermosura! No hay tormenta del norte o del oeste que traiga frío e invierno al florido jardín en cuyas terrazas se extiende Amalfi. Sólo desde el este y el sur llega la brisa, la cálida brisa de la tierra de naranjos y palmeras, al otro lado del precioso mar.