El Improvisador
El Improvisador —¡Pobre Gennaro! —suspiró entonces Francesca—. TenÃa un noble corazón, un espÃritu noble. ¡Era un ejemplo en todo!
El médico estuvo varias horas conmigo; en realidad era de Nápoles y estaba en Capri sólo de visita. Al tercer dÃa nos acompañó de vuelta; para entonces, según dijo, yo estaba completamente restablecido. Tal vez lo estaba mi cuerpo, pero no mi alma; habÃa mirado de cerca el reino de la muerte, habÃa sentido el beso del ángel de la muerte sobre mi frente, la mimosa de la juventud habÃa cerrado sus hojas. Cuando entramos en el barco, acompañados por el médico, y vi las profundas aguas, claras y transparentes, los recuerdos se agolparon en mi alma y recordé lo cerca que habÃa estado de la muerte, y mi asombrosa liberación; el sol brillaba tan cálido sobre el precioso mar azul. ¡La vida es bella, pese a todo!, me dije, y las lágrimas asomaron a mis ojos. Los tres estaban volcados en atenciones hacia mÃ, incluso Francesca hablaba de mi espléndido talento, me llamó poeta y, cuando el médico se enteró de que era yo quien habÃa hecho la improvisación, contó el placer que habÃa producido a todos sus amigos y lo encantados que quedaron.