El Improvisador
El Improvisador Regreso a casa
Francesca y Fabiani permanecieron dos dÃas más en Capri para que pudiéramos regresar todos juntos a Nápoles. Si en algunas ocasiones me sentÃa herido por sus palabras y su forma de tratarme, también notaba tanto afecto y cariño que mi corazón se sentÃa muy cercano a ellos.
—Tienes que acompañarnos a Roma —dijeron—; es lo mejor y lo más sensato.
Mi extraña libertad, la asombrosa visión de la cueva, perturbaban mi exaltado ánimo haciéndome sentir totalmente en manos del guÃa invisible que con su amor lo conduce todo hacia lo más conveniente, y ahora todo me parecÃa decidido por la providencia y me sentÃa resignado; y cuando Francesca me apretó la mano con afecto y preguntó si preferÃa seguir viviendo en Nápoles con Bernardo, le aseguré que querÃa y tenÃa que ir a Roma.
—¡HabrÃamos derramado muchas lágrimas por ti, Antonio! —dijo Francesca apretándome la mano—. ¡Eres nuestro niño bueno! La Madonna ha extendido sobre ti su mano protectora.
—Sua Eccellenza sabrá —añadió Fabiani— que aquel Antonio con quien estaba irritado se ahogó en el Mediterráneo, y que le llevamos al antiguo, al excelente Antonio.