El Improvisador

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VIII

Regreso a casa

Francesca y Fabiani permanecieron dos días más en Capri para que pudiéramos regresar todos juntos a Nápoles. Si en algunas ocasiones me sentía herido por sus palabras y su forma de tratarme, también notaba tanto afecto y cariño que mi corazón se sentía muy cercano a ellos.

—Tienes que acompañarnos a Roma —dijeron—; es lo mejor y lo más sensato.

Mi extraña libertad, la asombrosa visión de la cueva, perturbaban mi exaltado ánimo haciéndome sentir totalmente en manos del guía invisible que con su amor lo conduce todo hacia lo más conveniente, y ahora todo me parecía decidido por la providencia y me sentía resignado; y cuando Francesca me apretó la mano con afecto y preguntó si prefería seguir viviendo en Nápoles con Bernardo, le aseguré que quería y tenía que ir a Roma.

—¡Habríamos derramado muchas lágrimas por ti, Antonio! —dijo Francesca apretándome la mano—. ¡Eres nuestro niño bueno! La Madonna ha extendido sobre ti su mano protectora.

—Sua Eccellenza sabrá —añadió Fabiani— que aquel Antonio con quien estaba irritado se ahogó en el Mediterráneo, y que le llevamos al antiguo, al excelente Antonio.


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