El Improvisador

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Sua Eccellenza se quejaba de mi falta de diligencia; de nada servía lo mucho que pudiera leer, aquello no era sino la dulce miel superflua de los libros que satisfacía mis caprichos. Los amigos de la familia y mis protectores me comparaban con el ideal de sus propios intereses, de forma que no tenía más remedio que salir malparado. El matemático decía que yo tenía demasiada fantasía, demasiado poca ponderación. El erudito, que no me aplicaba con suficiente ardor al estudio de la lengua latina. El político me preguntaba siempre por la presencia de la sociedad en las novedades políticas con las que yo no estaba familiarizado, y si me preguntaba era sólo para mortificar al pobre muchacho. Un joven noble que vivía tan sólo para sus caballos de silla no hacía sino lamentar mis escasos conocimientos de equitación y, acompañado por los demás, entonaba un miserere afirmando que yo estaba mucho más interesado por mí mismo que por sus caballos. Una noble amiga de la casa que, por su rango y un engreimiento fuera de lo normal, albergaba la peregrina idea de ser extraordinariamente sabia y crítica, aunque en el fondo carecía del buen sentido del que pretendía hacer gala, se ofreció a revisar mis poemas para cuidar de su belleza y su forma, pero se empeñó en que se los enviara en pliegos. Habbas Dahdah me consideraba un talento que en tiempos prometía algo, pero que había muerto ya hacía tiempo; el primer bailarín de la ciudad me despreciaba porque yo era incapaz de causar buena impresión en un salón de baile, el gramático porque usaba el punto donde él ponía punto y coma, y Francesca decía que se me mimaba en exceso, que se hacía demasiado por mí, lo que la obligaba a ella a ser estricta y exigente. Cada cual me instilaba su gotita de veneno en el corazón y yo sentía que éste acabaría endureciéndose o desangrándose.


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