El Improvisador
El Improvisador Lo bello, lo noble de todas las cosas y de cada cosa me impresionaba y me cautivaba. En los momentos de tranquilidad pensaba a menudo en mis educadores y tenÃa la sensación de que, a efectos de la naturaleza y la vida de este mundo, para los que vivÃan mi mente y mi alma, no eran sino afanosos artesanos. El mundo mismo se me aparecÃa como una preciosa muchachita que, por su espÃritu, sus formas y sus ropas atraÃa mi atención toda, pero el zapatero decÃa: «¡FÃjate en sus zapatos! ¡Son excelentes, y eso es lo principal!». El modisto gritaba: «¡No, el vestido! ¡FÃjate qué corte tiene! ¡Eso es en lo único en que has de fijarte! ¡Observa los colores, las puntadas, estúdialo hasta el fondo!». «¡No!» —exclamó el peluquero—. «¡Es la trenza lo que debes analizar, es en ella en la que has de concentrarte!». «¡La lengua es lo principal!» —profirió el maestro de lenguas—. «¡No, el porte!» —dijo el maestro de baile—. ¡Dios mÃo! —suspiré yo—. ¡Es el conjunto lo que me impresiona! Claro que veo lo bello de cada cosa, pero no puedo ser sastre ni zapatero para complaceros. Mi vocación consiste en captar la belleza del conjunto. Buena gente, ¡no os enfadéis conmigo, no me condenéis!… «¡Eso es demasiado bajo para él! ¡No es suficientemente elevado para su espÃritu poético!» —se burlaban todos. ¡No hay animal tan cruel como el hombre! Si yo hubiera sido rico e independiente, los colores habrÃan cambiado al momento. ¡Todos eran más listos, más concienzudos, más perspicaces que yo! Aprendà a reÃr complaciente cuando habrÃa querido llorar, a inclinarme cuando despreciaba, a escuchar atento el parloteo vacÃo de los necios. Fingimiento, amargura y hastÃo de vivir eran los frutos de la formación a la que me sometieron los hombres y las circunstancias. Siempre estaban poniendo de relieve mis carencias, ¿tal vez no habÃa en mà ningún aspecto bueno en lo espiritual? Yo mismo hube de buscarlo, de intentar hacerlo visible; conducÃan mi pensamiento hacia mà mismo y luego me recriminaban que pensara en mà mismo.