El Improvisador

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El político me llamaba egoísta porque no me dedicaba única y exclusivamente a sus asuntos; un joven diletante de la estética, y pariente de los Borghese, me enseñó cómo tenía que pensar, componer poesía y juzgarla, siempre de forma tal que cualquier extraño pudiera percatarse de que era un miembro de la aristocracia quien educó al pastorcillo, al pobre, que había de estar doblemente agradecido porque se hubieran rebajado a acogerlo. El que se interesaba por los hermosos caballos, y única y exclusivamente por ellos, decía que yo era una persona extraordinariamente vanidosa, porque no tenía ojos solamente para sus caballos. ¿Tal vez eran ellos los egoístas? ¿O acaso tenían razón? ¡Tal vez! Yo era un niño pobre por el que habían hecho mucho. Pero si mi nombre carecía de nobleza, mi espíritu sí que la tenía y sufría en lo más íntimo con la menor humillación. Yo, que con toda mi alma me había aferrado a mi humanidad, me convertía ahora, como la esposa de Lot, en una amarga estatua de sal. Nació la obstinación en mi alma. Cada instante hacía crecer mi confianza en mí mismo, que, amarrada por sus cadenas, se transformó pronto en el demonio de la soberbia que desdeñaba las necedades de sus sabios maestros y que me susurraba al oído, con altanería: Tu nombre vivirá y será recordado cuando todos esos hayan sido olvidados, o cuando sólo los mencionen por su relación contigo, como tu ambiente, como las piedrecillas y las amargas lágrimas que cayeron en el cáliz de tu vida. Pensaba en Tasso, en la vanidosa Leonora, en la orgullosa corte de Ferrara, cuya nobleza ya solamente se mantenía en pie por el nombre de Tasso; su palacio no era sino ruinas, prisión del poeta y lugar de peregrinación. Yo percibía la vanidad con la que latía mi corazón pero, por la manera en que me educaban, así había de ser, o perecer desangrado. La benignidad y el estímulo habrían conservado pura mi mente, mi alma habría seguido llena de cariño, cada sonrisa y cada palabra amable era un rayo de sol que hacía fundirse una de las raíces de hielo de la vanidad, pero sobre ellas caían más gotas de veneno que rayos de sol.


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