El Improvisador

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Una tarde en que hacía mucho calor, entré en la gran sala común, donde las espesas, verdes plantas trepadoras arrojaban su sombra sobre la ventana. Flaminia estaba sentada con la mano bajo la barbilla, dormía una pequeña siesta, era como si hubiera cerrado los ojos sólo en broma. Su pecho subía y bajaba, estaba soñando. «¡Lara!», dijo. En su sueño se deslizaba ciertamente con la imagen onírica de mi corazón por el resplandeciente mundo en que la había visto por última vez. Una sonrisa se dibujó en sus labios, abrió los ojos.

—¡Antonio! ¿Tú aquí? —dijo—. Me dormí y estaba soñando. ¿Sabes con quién?

—¡Con Lara! —respondí, pues en ella hube de pensar yo también al ver a Flaminia con los ojos cerrados.

—¡Soñé con ella! —me dijo—. Volábamos juntas sobre el precioso, inmenso mar del que me has hablado. En mitad del agua había un monte, y en él estabas sentado tú, triste como lo estás tantas veces. Me pidió que descendiéramos y se lanzó hacia abajo, yo quería descender con ella para llegar hasta ti pero el aire me mantenía en lo alto, y con cada aleteo que daba para seguirla me iba alejando cada vez más. Pero cuando creí que miles de millas nos separaban ya, ella estaba a mi lado, ¡y tú también!


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