El Improvisador

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—Por eso mismo quiero yo —respondió— sentirme feliz, muy feliz, regresando al lado de las pías hermanas. ¡Es allí donde está mi verdadero hogar! Pensaré muchas veces en el tiempo en que viví en el mundo, pensaré en todo lo que me has contado, pensaré en ti y en lo bueno que has sido conmigo. Será un bello sueño, ya lo estoy sintiendo así. Rezaré por ti, rezaré para que el perverso mundo nunca te corrompa, para que seas muy feliz y para que el mundo disfrute con tus cantos y tú puedas sentir lo bueno que es Dios contigo y con todos nosotros.

Entonces brotaron las lágrimas en mis ojos y suspiré muy hondo:

—¡Nunca podremos volver a vernos!

—¡Claro que sí, al lado de Dios y de la Madonna! —respondió con una sonrisa piadosa. Entonces me indicarás quién es Lara, que allí podrá gozar de la luz en sus ojos. ¡Ay, sí, qué buena es la Madonna!

Nos trasladamos de nuevo a Roma; en pocas semanas, los oí comentar, Flaminia regresaría al convento y poco después tomaría los hábitos.

Mi corazón se sintió agobiado de dolor, pero hube de ocultarlo. ¡Qué sola y vacía quedaría la casa cuando nos dejara, qué aislado y abandonado quedaría yo! ¡Qué dolor en mi corazón!… Y tenía que ocultarlo, tenía que parecer alegre, tenía que parecer alguien completamente distinto del que era.


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