El Improvisador
El Improvisador «¡Su joven Eccellenza y su bella novia!», las palabras que habÃa gritado el mendigo resonaban una vez tras otra en mi alma; intenté leer los deseos en labios de Flaminia, me puse a su lado como si fuera su sombra. Cuando estaban presentes los demás, me quedaba apenado y triste. SentÃa los mil lazos que me oprimÃan; me volvà taciturno y distraÃdo, sólo con ella recuperaba mi locuacidad. La querÃa tanto, y tenÃa que perderla.
—¡Antonio! —me dijo—. ¿Estás enfermo, o ha sucedido algo que yo no pueda saber? ¿Por qué? ¿No debo? —se acercaba a mà con toda su alma, yo querÃa ser para ella un hermano fiel y cariñoso, y sin embargo, todas mis palabras iban destinadas a hacerla pensar en este mundo. Le conté que hubo un tiempo en que también yo quise ser monje, y lo desgraciado que habrÃa sido de haber cumplido mi deseo, pues más pronto o más tarde, el corazón reclamarÃa sus derechos.