El Improvisador

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Francesca rió a carcajadas, a mí me recorrió un calor ardiente por la sangre; no tuve valor para mirar a Flaminia. En mi alma había despertado un pensamiento que jamás había osado desvelar ante mí mismo. Lentamente, pero de modo constante, Flaminia había ido introduciéndose en mi corazón, y tenía la sensación de que éste se desangraría si nos separábamos. Ella era la única a la que aún se aferraba mi alma, la única que aparecía cariñosa en mis pensamientos y mis sentimientos. ¿Era aquello amor? ¿La amaba, tal vez? La sensación que Annunziata había despertado en mi alma era totalmente diferente, incluso la visión de Lara; su recuerdo tenía que ver con otros sentimientos. Espíritu y belleza me hechizaban dirigiendo mi mente hacia Annunziata; la belleza ideal me deslumbraba con la primera visión de Lara, que hacía inflamarse mi corazón.

No, mi amor por Flaminia no era así. No era una pasión salvaje, ardiente: era amistad, el más vivo amor del hermano. Sentí la relación en la que me mantenía ligado con su familia, la determinación que habían tomado sobre su futuro, y me desesperaba porque no podía separarme de ella, ella lo era todo para mí, lo más querido para mí en este mundo; pero no reconocía el deseo de apretarla contra mi corazón, de depositar un beso en sus labios, como ansiaba mi mente con Annunziata, y como una fuerza invisible me empujaba hacia la niña ciega que me era completamente desconocida.


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