El Improvisador
El Improvisador Entonces me arrojé a sus pies, ella era para mí como una santa; toda mi alma se aferraba a ella. ¡Cuántas lágrimas derramé esa noche! Mis fuertes sentimientos por ella me parecían un pecado, pues ella era novia de la iglesia. La veía todos los días, todos los días aprendía a apreciarla más y más; ella me hablaba como una hermana, me miraba a los ojos, me daba la mano, decía cuánto me echaría de menos, pues le era muy querido. Convulso, ocultaba la negrura de la muerte que inundaba mi alma y lo conseguía, pues nadie notaba nada. Dios envía la muerte al corazón que padece como padecía yo.
El momento de la separación se cernía horrible ante mí, por eso un espíritu perverso me susurró al oído: «La amas», aunque no la amaba como había amado a Annunziata, mi corazón no palpitaba como cuando mis labios rozaron la frente de Lara. «¡Dile a Flaminia que no puedes vivir sin ella, que estáis unidos como hermanos! ¡Dile que la amas! ¡Sua Eccellenza y su familia abominarán de ti, te arrojarán al mundo exterior! ¡Pero si la pierdes a ella, lo perderás todo! ¡La elección es sencilla!».
Cuántas veces estuvo la confesión en el borde de mis labios, pero mi corazón temblaba y yo guardaba silencio; era una fiebre, una fiebre mortal que revolvía mi sangre, mi mente.