El Improvisador

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Todo fue dispuesto en el palacio para un espléndido baile, una fiesta de flores para la víctima. La vi en su precioso, espléndido vestido, su belleza era infinita.

—¡Alégrate como los demás! —me susurró—. Me apena verte tan triste. Por ti, cuando esté en el convento pensaré muchas veces en el mundo, y eso es pecado, Antonio. Prométeme que te divertirás. Prométeme que perdonarás a mis padres si se comportan contigo con una pizca de dureza. Lo hacen con su mejor intención. Prométeme que no pensarás tanto en las amarguras del mundo, sé siempre bueno y piadoso como lo eres ahora, y entonces podré pensar en ti, rezar por ti; la Madonna es buena y misericordiosa.

Sus palabras fueron en mi corazón un suspiro de muerte. La veo aún aquella última noche antes de que nos dejara; estaba tranquila, besó a su padre, a su anciana Eccellenza, habló de la despedida, para la que sólo faltaban unos pocos días.

—¡Dile adiós también a Antonio! —dijo Fabiani; estaba conmovido, los demás no lo parecían. Con rapidez me acerqué a ella y me incliné para besar su mano.

—¡Antonio! —me dijo; su voz era tan dulce que las lágrimas acudieron a mis ojos—. ¡Sé feliz! —añadió.


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