El Improvisador
El Improvisador Había visitado el espléndido palacio de los Dogos, había paseado por sus magníficas salas vacías, había visto la sala de los inquisidores, con espantosos cuadros de los tormentos infernales[84]. Pasé por una estrecha galería, un puente cerrado, muy por encima del tejado y el canal por el que bogaban las góndolas. Así se pasaba del palacio del dogo a los calabozos de Venecia. «Puente de los suspiros» llaman a este puente en arco. Muy cerca estaban los pozos; sólo la luz de la lámpara del corredor podía atravesar los gruesos barrotes de hierro y llegar al interior de los calabozos superiores, y estos eran espacios iluminados y aireados, a diferencia de lo que sucedía más abajo; bajo la fungosa portilla, a más profundidad que el agua del canal que pasaba por delante, los desdichados suspiraban y arañaban las húmedas paredes. ¡Aire! ¡Aire!, exigía mi corazón, desgarrado por aquellos lugares del horror, y subí a una góndola, me alejé a toda velocidad del antiguo palacio de paredes rosáceas y de las columnas de San Teodoro y el León de Venecia, cruzamos las vivientes aguas verdes hasta las lagunas y nos dirigimos al Lido, para poder aspirar la fresca brisa del mar… y vi el cementerio. El extranjero, el protestante, era enterrado aquí, lejos de su patria, sepultado en una pequeña franja de tierra entre las olas, que día a día parecían querer llevarse parte de aquellos pobres despojos. Blancos huesos humanos asomaban entre la arena; sólo la rompiente lloraba por ellos. Aquí estuvo tantas veces la novia o la esposa esperando a su amante o a su esposo, que había salido al incierto mar en busca del pescado. Las tormentas alzaban y dejaban caer de nuevo sus fuertes alas, y las mujeres entonaban canciones sacadas de la Gerusalemme Liberata y escuchaban si sus hombres les respondían, pero el amor no permitía la antífona, la mujer seguía sola dirigiendo sus ojos al silencioso mar y sus labios también callaban, sus ojos solamente veían los blancos esqueletos junto a la playa, a sus oídos llegaba sólo el hueco sonido de la rompiente mientras la noche se extendía sobre la muerta, silenciosa Venecia.