El Improvisador
El Improvisador Aquel fúnebre cuadro invadió mi mente, mi ánimo lo dotó de fuerte colorido. Seria como una iglesia, recordando la tumba y la santa invisible, estaba mi naturaleza toda. En mis oÃdos sonaban las palabras de Flaminia, de que un profeta de Dios era un cantor que habÃa de esforzarse en expresar solamente Su gloria: era, entre todos, el tema más sublime. El alma inmortal habÃa de cantar lo inmortal, el brillo del instante se transformaba en juego de colores y desaparecÃa en el minuto que le daba vida, y yo sentà una fuerza y un entusiasmo exaltados, pero al poco se apagaron, exhaustos. Silencioso subà a la góndola que me condujo al Lido. Ante mà se abrÃa el inmenso mar abierto, en las orillas se veÃan largas rompientes, pensé en la bahÃa de Amalfi.
Justo a mi lado, entre algas y piedras, estaba sentado un hombre joven dibujando, seguramente un pintor extranjero; me resultaba conocido, me acerqué, él se puso en pie, nos reconocimos. Era Poggio, un joven aristócrata veneciano con el que habÃa coincidido varias veces en casa de familias amigas.
—Signore! —exclamó—. ¡Usted en el Lido! —y añadió—: ¿Es la belleza del mar, o tal vez bellezas de otra Ãndole lo que lo trae a las olas inquietas del Adriático[85]?