El Improvisador

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Nos estrechamos la mano. Por lo que sabía, carecía de patrimonio, aunque a cambio poseía un gran talento como pintor; parecía tener un temperamento alegre, casi en demasía, aunque al oído alguien me había susurrado que en su soledad era un tremendo misántropo. Si se lo juzgaba por su forma de hablar, debía de tratarse de la frivolidad personificada, aunque en realidad era el recato en persona; en sus palabras creerían todos que su modelo era Don Juan, aunque en sus obras fuera más bien un San Antonio frente a las tentaciones. Un profundo dolor del alma estaba en el fondo de todo, afirmaban en voz baja, pero ¿cuál era el motivo? ¿Su escasa hacienda, un amor desdichado? No, nadie lo sabía a ciencia cierta, él parecía contarlo todo sin guardarse ni el menor pensamiento, su ser era infantil y, sin embargo, nadie conseguía aclararse del todo con él. Aquello me había interesado, de modo que me agradó toparme con él, que disolvería los nubarrones de mi alma.

—Roma no tiene una ondeante llanura azul como esta —dijo, señalando el océano—. ¡No hay en el mundo nada tan bello como la mar! Además, es la madre de Venus y —añadió riendo— viuda de los poderosos dogos de Venecia.

—Los venecianos la amarán de un modo especial, entonces —respondí—, la verán como la abuela que los acuna, que juega con ellos, todo por el bien de su bella hija, Venecia.


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