El Improvisador

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—¡Ya no es bella, inclina la cabeza! —repuso.

—Pero es feliz bajo el Emperador Francisco, ¿o no[86]?

—¡Se está más orgulloso siendo reina del océano que como cariátide en tierra! Los venecianos no tienen nada de qué quejarse y de política yo no tengo ni idea, aunque, en cambio, algo sé de la belleza y, puesto que no albergo duda alguna de que usted sabrá apreciarla también, ahí tenemos a las bellas hijas de mi patrona que vienen a preguntar si desea participar de mi frugal colación —entramos en la casita que se alzaba al lado mismo de la playa; el vino era bueno y Poggio gracioso y buen anfitrión, nadie pensaría que su corazón llorase en secreto.

Llevábamos al menos dos horas allí cuando vino mi gondolero a preguntar si no querría regresar ya, pues se avecinaba una tormenta, la laguna estaba muy movida y entre Lido y Venecia había ya un oleaje considerable que podría hacer volcar la ligera góndola.

—¡Una tormenta! —exclamó Poggio—. ¡Cuántas veces he deseado ver una, no podemos dejarla escapar! Seguro que amaina al entrar la noche, y si no amaina, siempre podremos acostarnos y dejarla pasar tranquilamente mientras el oleaje nos arrulla para ayudarnos a dormir.


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