El Improvisador
El Improvisador —Siempre podré encontrar una góndola en la laguna —le dije al hombre, y lo autoricé a marcharse. La tormenta arreciaba, golpeaba la ventana. Salimos de la casa. El sol poniente iluminaba la agitada laguna de oscuro color verde, las olas se alzaban coronadas de blanca espuma y volvÃan a hundirse: muy lejos, donde las nubes se erguÃan como montañas con los rayos de un volcán, divisamos algunos barcos, pero enseguida los perdimos de vista. La rompiente se alzaba muy alta en la playa y nos salpicaba de saladas gotas. Cuanto más altas las olas, tanto más alto reÃa Poggio, tanto más alto batÃa palmas y gritaba «¡bravo!» a los elementos desatados; su ejemplo era contagioso, mi corazón enfermo se sentÃa mejor en aquella naturaleza alborotada. Enseguida fue noche oscura. Hice que la posadera trajese su mejor vino y bebimos a la salud de la mar y la tormenta, y Poggio cantó de besos y amor, la canción que yo habÃa escuchado a bordo del barco.
—¡A la salud de las venecianas! —dije yo, y él chocó su vaso por las bellas romanas. Si nos hubiera visto un desconocido, habrÃa pensado que éramos dos solteros felices.
—Se dice que las mujeres más bellas son las romanas —dijo Poggio—. ¡Sea sincero! ¿Usted qué opina?
—¡Comparto esa opinión!