El Improvisador

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Hacia medianoche el cielo estaba raso, la laguna en calma, y la luna llena arrojaba sus largos rayos sobre la quieta bahía entre la isla y Venecia. Poggio subió conmigo a una góndola y dejamos a aquellos desdichados, a quienes no podíamos ayudar ni confortar.

La velada siguiente la pasamos en casa de mi banquero, uno de los más ricos de Venecia; la asistencia era muy numerosa, de las damas yo no conocía a ninguna y tampoco estaba interesado en ninguna de ellas.

Empezaron a hablar de la tormenta de la noche anterior. Poggio tomó la palabra, habló de la muerte de los pescadores, de la desgracia de aquella familia, y puso suficientemente en claro lo fácilmente que podría aliviarse parte al menos de aquella desventura, cómo un cariñoso donativo de cada uno de nosotros se convertiría en una suma de gran importancia para aquellos desgraciados, pero nadie pareció comprenderlo, se lamentaron, se alzaron de hombros y pasaron a charlar de otros temas. Empezaron a hacerse notar entonces los mejores talentos sociales, Poggio cantó una alegre barcarola, pero me pareció que su cortés sonrisa dejaba traslucir acritud y frialdad hacia aquel círculo de personas tan principales que no se habían dejado convencer por su noble elocuencia.

—¿Usted no canta? —me preguntó la señora de la casa, al acabar Poggio.


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