El Improvisador
El Improvisador En medio de la tormenta oímos cantar salmos. En la playa, donde rompían las olas alzándose a una vara de altura, había un tropel de mujeres y niños con la santa cruz; una mujer joven estaba en silencio con la mirada clavada en la laguna, amamantando a un bebé, mientras un niño algo más crecido estaba a su lado, con la cabeza en su regazo. Con un último rayo violentísimo, la tormenta pareció alejarse, relampagueó el horizonte y la blanca espuma brilló más clara en el lago encrespado.
—¡Allí están! —gritó la mujer, poniéndose en pie de un salto y señalando un punto negro que iba haciéndose más y más claro.
—¡La Madonna se apiade de ellos! —dijo un viejo pescador con el sombrero marrón bien calado en la cabeza; tenía las manos juntas y miraba fijamente aquel objeto oscuro. En ese mismo instante, desapareció bajo una enorme ola espumeante.
El viejo se había dado perfecta cuenta de lo que iba a suceder. Oí los lamentos de desesperación que iban creciendo según el mar se encalmaba, las nubes desaparecían y la certeza de lo sucedido se hacía cada vez más patente. Los niños golpearon la santa cruz, haciéndola caer en la arena, y se agarraron llorando a sus madres, pero el anciano pescador levantó la cruz, besó los pies del Salvador, la alzó en el aire y pronunció el sagrado nombre de la Madonna.