El Improvisador

El Improvisador

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—¡No sabía nada de eso, nada en absoluto! —dijo—. Del Hospital de las Hermanitas llegó una carta para Maria, una moribunda le rogaba por todo lo que más quisiese, por su propio corazón, que fuera a verla. La acompañé en la góndola, pero tuvo que entrar sola, yo me quedé con las hermanas mientras ella acudía al lecho de la moribunda.

—¡Vi a Annunziata! —dijo Maria—. Ya le he dado lo que me pidió que le entregara.

—¿Y qué dijo? —la interrumpí.

—Dale esto a Antonio, el improvisador, pero sin que nadie te vea —habló de usted, habló como puede hablar una hermana, como puede hablar un espíritu bueno… y vi sangre… sangre en sus labios… cerró los ojos para morir y… Maria se deshizo en llanto.

En silencio apreté su mano contra mis labios, le di las gracias por su piedad y su ternura al acudir a la llamada de Annunziata. Las dejé, entré en la iglesia y recé por la difunta…

Jamás he sentido mayor intimidad y amistad que en aquel instante, en casa del Podestà; yo era un hermano querido para Rosa y Maria, hasta el menor de mis deseos sabían sonsacarme; hasta en los más mínimos detalles descubría su afecto.


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