El Improvisador
El Improvisador Tomé una góndola y al poco me encontraba en la estancia en la que estaban Rosa y Maria con sus labores. Maria estaba cohibida, yo no tenÃa valor para decir la única cosa que tenÃa ocupada mi mente, respondà distraÃdo a sus preguntas, la pena atenazaba mi alma; Rosa me tomó entonces la mano y dijo:
—¡Usted tiene una gran pena! ¡Tenga confianza en nosotras! ¿No vamos a poder consolar a un amigo de verdad y sufrir con él?
—¡Ya lo saben todo! —exclamé, y mi dolor se sintió un poco aliviado.
—¡Maria quizá! —respondió Rosa—. Pero yo no sé prácticamente nada.
—¡Rosa! —dijo Maria con voz suplicante, y le cogió la mano.
—¡No, para usted no tengo secretos! —dije—. Lo contaré todo. También me servirá de bálsamo —y les hablé de mi pobre infancia, de Annunziata y de mi huida a Nápoles; pero al ver ante a mà a Maria con las manos juntas, en una postura que habrÃa podido ser de Flaminia, y que adoptaba ante mà otra criatura más, callé. De Lara, de la imagen onÃrica de la gruta, no me sentÃa con ánimos de hablar en presencia de Maria, además de que no formaba parte de la historia de Annunziata. Pasé enseguida a nuestro encuentro en Venecia y a nuestra última conversación. Maria se cubrió el rostro con las manos y lloró. Rosa callaba.