El Improvisador
El Improvisador El dolor más profundo carece de palabras… atónito, hundido, mis ojos clavados en aquella carta que estaba ya húmeda de mis lágrimas. ¡Annunziata me amaba! Ella fue el espÃritu invisible que me condujo hasta Nápoles, la carta era de ella, no de Santa, como creÃ. Annunziata habÃa estado enferma, sumergida en la pobreza y la miseria, y ahora estaba muerta, ¡muerta para siempre!… Aquella breve nota que entregué a Fulvia, y en la que habÃa escrito «me voy a Nápoles», y que ella habÃa llevado a Annunziata, estaba en el montón de cartas, asà como una carta de Bernardo en la que se despedÃa de ella y la informaba de su determinación de abandonar Roma para prestar servicio en el extranjero, aunque no decÃa dónde. Aquel paquetito de cartas se lo habÃa dado a Maria para mÃ, se habÃa referido a ella como mi novia; aquellos hueros rumores habÃan llegado también hasta Annunziata y los habÃa creÃdo, habÃa llamado a Maria para que acudiera a su lado. ¿Qué le habrÃa dicho? Recordaba el miedo con que me habló Maria, y ahora sabÃa cómo nos juzgaba Venecia. Yo no tenÃa valor para hablar con ella, pero debÃa hacerlo, pues habÃa sido mi ángel bueno y el de Annunziata.