El Improvisador
El Improvisador En esos dÃas llegó una carta de Fabiani; se extrañaba de que llevara ya cuatro meses en Venecia, opinaba que no deberÃa pasar más tiempo en esa ciudad, sino que habrÃa de visitar Milán o Génova; pero la decisión la dejaba en mis manos, podÃa hacer lo que mejor me pareciese. Y a fin de cuentas, qué me retenÃa en Venecia, era la ciudad de mi pena, como tal me habÃa saludado a mi llegada, el mejor sueño de mi vida se habÃa deshecho en lágrimas. Maria y Rosa son mis queridas hermanas, Poggio, un amigo caro y leal, no encontraré otros como ellos pero hemos de separarnos, seguir aquà sólo servirá para alimentar mi dolor. ¡SÃ, fuera, fuera! Esta es mi decisión. QuerÃa preparar a Rosa y a Maria; tenÃan que saberlo. Esa noche estaba en el gran salón de su casa, el balcón daba al canal. Maria querÃa que un criado encendiese la lámpara, pero Rosa opinaba que se estaba mejor a la clara luz de la luna. El naranjo exhalaba fuerte aroma.
—¡Canta para nosotros, Maria! —dijo Rosa—. Canta esa canción tan bonita que has aprendido sobre los trogloditas. ¡Que la oiga Antonio!
En notas extrañamente blandas cantó Maria una calladÃsima canción de cuna. Texto y melodÃa se fundÃan y expresaban al corazón y la mente el hogar de la belleza bajo las olas claras como el éter.
—¡Hay algo tan espiritual, tan trasparente en esa canción! —dijo Rosa.