El Improvisador
El Improvisador —¡Asà debe de manifestarse el espÃritu sin cuerpo! —exclamé yo.
—¡Asà flota la belleza del mundo para el ciego! —dijo Maria en un suspiro.
—Pero ¿no es igual de bello cuando los ojos se abren? —preguntó Rosa.
—¡No es tan bello, pero al mismo tiempo es más bello! —respondió Maria.
Rosa contó entonces lo que ya me habÃa dicho Poggio, que Maria estuvo ciega, y que su hermano le habÃa regalado la luz de los ojos. Maria pronunció el nombre de él con amor y gratitud, me contó de una manera muy infantil sus ideas sobre el mundo que la rodeaba, el cálido sol, las personas, las anchas hojas de los cactus y los grandes templos.
—¡En Grecia hay más que aquÃ! —exclamó de repente, interrumpiendo su relato—. Me imaginaba los colores como la belleza y la fuerza de las notas —continuó—. Las violetas son azules, el mar y el cielo son también azules, me contaban; del aroma de las violetas aprendà lo bellos que tendrÃan que ser el cielo y el mar. ¡Cuando los ojos del cuerpo están muertos, los ojos del alma ven con mayor claridad aún! El ciego aprende a creer en un mundo espiritual. Todo lo que observa se manifiesta a partir de él.