El Improvisador

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Pensé en Lara, con el ramillete de azules violetas en sus negros cabellos, el aroma del naranjo me llevó también a Paestum, donde crecen las violetas y los alhelíes encarnados en torno a las ruinas de los templos. Hablamos de la inmensa belleza de la naturaleza, del mar y de las montañas, y Rosa sintió añoranza de su hermosa Nápoles. Entonces les conté que mi partida estaba cercana, que abandonaría Venecia en pocos días.

—¿Piensa abandonarnos? —dijo Rosa, apenada—. ¡Nunca lo hubiera pensado!

—¿No volverá nunca a Venecia? —preguntó Maria—. ¿No volverá para ver a sus amigos?

—Sí, claro que volveré —y aunque ese no era mi plan, en absoluto, les aseguré que desde Milán regresaría a Roma y Venecia; pero ¿lo creía yo mismo? Había estado en la tumba de Annunziata, cogí una hoja de la corona y la guardé como si no fuera a regresar jamás. Y era la última vez que acudiría allí. Lo que guardaba la tumba era sólo polvo, en mi corazón estaba grabada la belleza y en la Madonna moraba el espíritu al que retrataba. La tumba de Annunziata y la salita en la que Rosa y Maria me dieron la mano como despedida, vieron sólo mi llanto y mi tristeza.


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