El Improvisador

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V

La campiña

Y a partir de aquel instante, mi hogar fue la vasta llanura que rodea Roma. El extranjero transalpino que, lleno de entusiasmo por el arte y la antigüedad, se acerca a la ciudad del Tíber, descubre en este páramo reseco una impresionante página del mundo; los montículos son sagradas cifras, capítulos enteros de la historia universal. El pintor esboza el solitario arco de un acueducto derruido, al pastor sentado junto a su rebaño de ovejas, y en primer plano un dorado cardo, y la gente dirá: ¡qué estampa tan bonita! Con qué sentimientos tan diferentes contemplábamos la gran llanura mi guía y yo. La hierba marchita, el malsano aire del verano que acarrea a los habitantes de la campiña fiebres y malignas enfermedades, eran para él las sombras a las que estaba acostumbrado; para mí, en cambio, era algo nuevo, me alegraban las hermosas montañas que en diferentes variaciones del color lila abrazaban un lado de la llanura, los búfalos[20] y el amarillento Tíber, donde los bueyes de largos cuernos caminaban bajo el yugo arrastrando los barcos corriente arriba. Nosotros íbamos en la misma dirección.



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