El Improvisador

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Sólo entonces, aunque nada más que durante la aurora y el ocaso, volvió a soplar la brisa. Pero todo mi ser estaba sumido en la indolencia, en una lasitud de muerte, producida por aquel calor de suplicio y por el más absoluto aburrimiento. Moscas e insectos molestos de toda clase, que con el calor parecían haber desaparecido, se agitaban con fuerzas redobladas, y a millones nos acometían con venenosas picadas. Los búfalos parecían a veces envueltos en un zumbante hervidero, que se precipitaba sobre ellos como si fueran carroña, y los animales, enloquecidos por aquella tortura, se arrojaban al Tíber para revolcarse en sus aguas amarillentas. El romano, que en los cálidos días del verano camina como un sonámbulo por las calles casi desiertas, pegado a las paredes de las casas como queriendo beber la sombra que sólo existe al lado mismo del muro, no tiene ni idea de los sufrimientos que se padecen en la campiña, donde cada inspiración es fuego azufroso, emponzoñado, donde insectos y sabandijas, como demonios torturadores, martirizan a los condenados a vivir en aquel mar de llamas.






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