El Improvisador
El Improvisador Uno de mis primeros recuerdos me lleva a aquel lugar. TenÃa unos seis años y estaba jugando al lado de la iglesia de los capuchinos junto a otros niños, todos más pequeños que yo; en la puerta de la iglesia habÃa una crucecita de latón, aproximadamente en el centro de la puerta, tan alta que apenas llegaba a tocarla con la mano. Siempre que nuestras madres pasaban por allà con nosotros nos aupaban para que pudiéramos besar el sagrado sÃmbolo. Una vez que estábamos jugando solos los niños, uno de los más pequeños preguntó por qué nunca venÃa el Niño Jesús a jugar con nosotros. Como yo era el más listo, le contesté que estaba en la cruz. Fuimos allá y aunque no habÃa nadie que nos pudiera ayudar, intentamos besarla como nuestras madres nos habÃan enseñado; pero no alcanzábamos, asà que nos subimos unos apoyados en los otros, pero en cuanto uno tenÃa los labios en posición para dar el beso, las fuerzas les abandonaban a los que estaban sujetándolo, y el que iba a dar el beso caÃa justo cuando su boca iba a tocar al invisible Niño Jesús. Mi madre acertó a pasar por allà en ese mismo instante, y al ver nuestro juego se detuvo, juntó las manos y exclamó: «¡Sois unos ángeles de Dios! ¡Y tú eres mi ángel particular!», y me dio un beso.