El Improvisador
El Improvisador La oí repetir ante la vecina que yo era un ángel inocente, y me agradó mucho oírlo, lo que hizo disminuir mi inocencia: la simiente de la vanidad bebió en ese momento los primeros rayos de sol. La naturaleza me había concedido un temperamento dulce y piadoso, pero mi buena madre hizo que me fijara en él y me hizo ver mis virtudes innatas, aunque sin pensar en ningún momento que a la inocencia de los niños le sucede igual que al basilisco: si se ve a sí mismo, puede morir.
Fra Martino, un monje capuchino, era el confesor de mi madre, quien le contó lo piadoso que era su hijo; y que además me sabía estupendamente las oraciones, aunque no comprendiera nada de lo que decían. El monje me apreciaba mucho y me regaló una estampa de la Madonna que lloraba grandes lágrimas que, como lluvia, caían sobre las ardientes llamas del infierno, donde los condenados alargaban las manos para coger algo de aquel líquido que les refrescaría. También fue él quien me llevó una vez al claustro, una columnata en torno a un huertecito con dos cipreses y un naranjo, que me causó una profunda impresión. Uno junto al otro colgaban en el corredor abierto viejos cuadros con historias de mártires, que contemplé con la misma veneración con la que más tarde observaría las obras maestras de Rafael y Andrea del Sarto.
—¡Qué chico más listo! —dijo el monje—. Ahora te voy a enseñar los muertos.