El Improvisador

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Dicho esto, abrió una puertecita que daba a una galería, varios escalones más abajo del claustro; descendimos por ella y me vi rodeado entonces por calaveras y más calaveras, colocadas unas junto a otras ocupando las paredes y varias capillas. Había algunos nichos, y en ellos los esqueletos completos de los monjes más principales, envueltos en sus hábitos marrones, el cordón a la cintura y un breviario o una flor marchita entre las manos. Altares, candeleros y adornos estaban hechos con omóplatos y costillas; un bajorrelieve de osamentas humanas, estridente y de dudoso gusto, como la idea misma de aquella cripta. Me apreté contra el monje, que rezó una plegaria y me dijo:

—Aquí dormiré también yo un día. ¿Vendrás a visitarme?

No respondí, me limité a mirarlo espantado, y miré de nuevo a mi alrededor, aquella portentosa y fúnebre composición. Era una locura llevar a un niño como yo a un lugar como ese. Me sentí extrañamente conmovido por la impresión y no estuve tranquilo hasta que me encontré en la celda del monje, donde las deliciosas naranjas casi entraban por la ventana, y vi la multicolor pintura de la Madonna elevada por los ángeles hacia el brillante sol mientras miles de flores llenaban la tumba donde había descansado un momento antes.


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