El Improvisador
El Improvisador Sua Eccellenza, mientras Domenica hablaba, subió por la estrecha escalera, sacó la cabeza por el agujero de la pared, se aseguró de que cabía, y, bueno, aquello era casi como las escaleras del Capitolio. Los búfalos estaban congregados junto al Tíber y por el camino, no lejos de nuestra casa, había un grupo de campesinos soñolientos que iban lentamente, en dirección hacia la carretera principal. Pensó en unirse a ellos, detrás de sus carros cargados de haces de cañas estaría seguro por si había alguna otra acometida de los búfalos. Una vez más repitió a Domenica que fuéramos a su casa al día siguiente, una hora antes del Avemaría; luego le dio la mano para que se la besara, a mí me dio una palmadita en la mejilla y se descolgó por el muro sujetándose a la espesa hiedra. Lo vimos acercarse a los carros y desaparecer tras ellos.