El Improvisador

El Improvisador

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El forastero sonrió, divertido. Es evidente que improvisé algo y que a Domenica le pareció magistral, pero no recuerdo en absoluto qué dije ni cómo lo dije, aunque sé que el núcleo eran la Madonna, Sua Eccellenza y el búfalo, de eso sí que me acuerdo perfectamente. Sua Eccellenza permaneció en silencio, y en él leyó Domenica que se había quedado asombrado de mi genio.

—Traiga al muchacho —fueron las primeras palabras que pronunció—; los espero mañana temprano. ¡Ay, no! Vengan por la tarde, una hora antes del Avemaría. Cuando lleguen, mi gente estará ya avisada para que los hagan entrar de inmediato. Pero ¿cómo salgo yo ahora? ¿No hay más salida que la puerta donde está atascado el animal? ¿Y cómo puedo llegar sin peligro hasta mi coche, en Ponte Molle, con todos esos búfalos que andan por ahí?

—Bueno, ¿cómo salir? —respondió Domenica—. Para Sua Eccellenza, es imposible. Claro, yo sí podría, y el niño también, pero para un señor tan alto como usted, es imposible. Arriba hay un agujero por el que se puede salir a gatas, luego hay que dejarse caer junto al muro. ¡Hasta yo puedo hacerlo, a pesar de mi edad! Pero como le digo, no se lo puedo recomendar a los forasteros, y menos todavía a un caballero tan distinguido como usted.


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