El Improvisador
El Improvisador —¡Oh, señor príncipe! —exclamó Domenica besándole los faldones de la levita; pero él le apretó la mano, tomó también la mía entre las suyas al tiempo que le encomendaba que me llevase al día siguiente a Roma, vivía en el Palazzo Borghese, a cuya estirpe pertenecía. A mi anciana madre adoptiva le saltaron las lágrimas a los ojos por la gran merced que le hacía, así se expresó. Sacó entonces mis dibujos en pedazos de papel, los guardaba muy celosamente, como si se tratara de dibujos del mismísimo Miguel Ángel. Sua Eccellenza tuvo que ver todas aquellas cosas que a ella la llenaban de alegría, y yo me sentí muy orgulloso, pues el caballero sonrió, me dio una palmadita en la mejilla y dijo que yo era un pequeño Salvatore Rossa.
—Sí —respondió Domenica—. ¿No es increíble que sea sólo un niño, y que todo le salga tan natural que se pueda ver exactamente lo que significa cada cosa? ¡Los búfalos, las barcas, nuestra casita! Todo es igualito; menos el color, pero ése no se puede dibujar con el lápiz. ¡Canta para Sua Eccellenza! —me pidió—. Canta como tú sabes, lo que quieras. Bueno, es que sabe componer historias y sermones, como un fraile de verdad. ¡Venga, canta! Sua Eccellenza es un caballero generoso, él te lo manda y tú sabes cantar muy bien.