El marciano
El marciano Pero Watney despierta. El zumbido insoportable de una alarma lo arranca del umbral de la muerte. Está herido, cubierto por arena, y solo. Su traje ha sellado milagrosamente la fuga con sangre coagulada. El sistema de soporte vital está al borde del colapso. “Estoy bien jodido”, escribe en su diario. No hay dramatismo, solo lógica desesperada.
Arrastra su cuerpo de vuelta al Hab (el hábitat marciano) y se cose la herida. Hay agua, oxígeno y comida para una misión de 31 días. Él es un solo hombre. Racionando, puede vivir unos 300 días. Pero la siguiente misión, Ares 4, no llegará hasta dentro de cuatro años. Está atrapado.
Sin comunicaciones, sin esperanza. Marte es un páramo estéril. Cualquier error será letal. Pero Watney no cede al pánico. Planifica. Calcula. Cada respiración, cada decisión es parte de una ecuación de vida o muerte.
—Esto será lo más difícil que he hecho en mi vida —dice para sí, mientras contempla el paisaje rojo desde el umbral del Hab.
