Bushido, el código samurai

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Con el kaishaku a su izquierda, Taki Zenzaburo avanzó lentamente hacia los testigos japoneses, y ambos se inclinaron ante ellos, luego, acercándose a los extranjeros, saludaron del mismo modo, quizá incluso con más deferencia; en ambos casos, el saludo se devolvió ceremoniosamente. Lentamente y con gran dignidad, el condenado subió a la tarima elevada, se postró dos veces ante el altar mayor, y se sentó[290] en la alfombra de espaldas al altar mayor, con el kaishaku agachado a su izquierda. Entonces uno de los tres oficiales se adelantó, llevando un soporte de los usados en los templos para las ofrendas, en el que, envuelta en papel, se hallaba la wakizashi, la espada corta o puñal japonés, de unos treinta centímetros de largo y una hoja tan afilada como una navaja. Se la entregó, postrándose, al condenado, que la recibió reverencialmente levantándola hasta su cabeza con ambas manos, y la situó delante de él.

Tras otra profunda deferencia, Taki Zenzaburo, con una voz que delataba tanta emoción y duda como cabría esperar de un hombre que está haciendo una dolorosa confesión, pero sin signos de ninguna duda en su rostro o modo de actuar, habló así:

«Yo, y solo yo, injustificadamente di la orden de disparar a los extranjeros de Kobe, y de nuevo cuando trataron de escapar. Por este crimen me destripo, y ruego a los aquí presentes que me concedan el honor de presenciar el acto».


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