Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai Sería injusto que mis lectores se quedaran con la idea de que la masculinidad era nuestro ideal supremo de la mujer. ¡Ni mucho menos! De ellas se esperaban habilidades y los dones más gentiles de la vida. Tampoco se descuidaban la música, la danza o la literatura. Algunos de los mejores versos de nuestra literatura fueron expresiones del sentimiento femenino. De hecho, las mujeres han desempeñado un papel importante en la historia de las belles lettres[336] japonesas. Se enseñaba danza (hablo de las chicas samurái, no de geishas) solo para suavizar la angulosidad de sus movimientos. La música era para entretener las largas horas de sus padres y maridos. Por consiguiente, no era por la técnica, por el arte como tal, que se aprendía música; el objetivo primordial era la purificación del corazón, ya que se decía que no es posible lograr una armonía de los sonidos si el corazón del que toca no está en armonía consigo mismo. Aquí de nuevo vemos como prevalece la misma idea que observamos en la educación de los jóvenes: las habilidades siempre estaban supeditadas al valor moral. Lo necesario de música y danza para añadir cordialidad y brillo a la vida, pero sin incurrir jamás en la vanidad y la extravagancia. Comprendo al príncipe persa, al que, cuando llevaron a una sala de fiestas de Londres y animaron a participar de la diversión, señaló sin tapujos que en su país le proporcionaban una serie de chicas para poder divertirse.