Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai Las habilidades de nuestras mujeres no se adquirían para impresionar ni como privilegio social. Eran una distracción para el hogar, y si sobresalían en fiestas sociales era como los atributos de una anfitriona, es decir, como parte del artificio doméstico de la hospitalidad. La vida doméstica guiaba su educación. Cabría afirmar que las habilidades de la mujer en el antiguo Japón, ya fueran de carácter militar o pacífico, estaban pensadas principalmente para el hogar y, por muy lejos que pudieran llegar, nunca perdían de vista el hogar como centro. Para preservar su honor e integridad trabajaban duro, se sacrificaban y daban su vida. Día y noche, en un tono a la vez firme y tierno, valiente y lastimero, cantaban a sus pequeños nidos. Como hija, la mujer se sacrificaba por su padre, como esposa, por su marido, y como madre, por su hijo. Así que, desde muy temprana edad, le enseñaban a negarse a sí misma. Su vida no era autónoma, sino que dependía del servicio. Ayuda idónea del hombre[337], si su presencia es útil, permanece en escena con él; si entorpece su trabajo, se retira tras una cortina. Con frecuencia, ocurre que un joven se enamora de una doncella, que le corresponde con un amor igual de apasionado, pero, cuando se da cuenta de que el interés del joven por ella hace que descuide sus obligaciones, deforma su persona para que desaparezca su atractivo. A Adzuma[338], la esposa perfecta en el imaginario de las niñas samurái, la amaba un hombre que conspiraba contra su marido. Bajo el pretexto de unirse al complot culpable, se las arregla para ocupar el lugar de su marido en la oscuridad, y la espada del asesino-amante desciende sobre su propia cabeza devota. La siguiente epístola escrita por la esposa de un joven daimio[339], antes de quitarse la vida, no necesita comentarios: