Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai Si pensamos en los muy pocos aspectos en que los hombres son iguales entre sí, por ejemplo, ante los tribunales o las urnas, parece estéril molestarse en discutir sobre la igualdad de sexos. Cuando la Declaración de Independencia de Estados Unidos[345] estableció que todos los hombres son creados iguales, no se hacía referencia a sus aptitudes físicas o mentales; simplemente repetía lo que anunció Ulpiano[346] mucho tiempo atrás, que ante la ley todos los hombres son iguales. En este caso, los derechos legales eran la medida de su igualdad. Cuando la ley es la única escala para medir la posición de una mujer en una comunidad, decir dónde se sitúa debería ser tan fácil como dar su peso en libras y onzas. Pero la cuestión es: ¿Existe un estándar correcto al comparar la posición social relativa de los dos sexos? ¿Es acertado, es suficiente, comparar el estatus de la mujer con el del hombre, del mismo modo que el valor de la plata se compara con el del oro, y dar una proporción en términos numéricos? Dicho método de cálculo excluye tomar en consideración el tipo de valor más importante que posee un ser humano, es decir, el intrínseco. Habida cuenta de la variedad de requisitos existentes para hacer que cada sexo cumpla su misión terrenal, el estándar adoptado para medir su posición relativa debe ser de naturaleza compuesta o, tomando el término del lenguaje económico, debe ser un estándar múltiple. El bushido tenía un estándar propio y era binomial. Intentaba calcular el valor de la mujer en el campo de batalla y en el hogar. Allí contaba muy poco; aquí, todo. El trato que se le dispensaba correspondía a esta doble medición; como unidad socialpolítica no mucho, mientras que como madre y esposa, recibía el mayor de los respetos y un profundo afecto. ¿Por qué, en un pueblo tan beligerante como el romano, sus matronas eran tan veneradas? ¿No sería porque eran matronas, madres? Los hombres se inclinaban ante ellas, no como lo harían ante guerreros o legisladores, sino como ante sus madres. Lo mismo ocurría entre nosotros. Mientras los padres y maridos estaban ausentes, en el campo de batalla, el gobierno del hogar quedaba totalmente en manos de las madres y esposas. Se les confiaba la educación de los jóvenes, incluso su defensa. El adiestramiento guerrero, del que he hablado, era principalmente para permitirles dirigir y continuar de manera inteligente la educación de sus hijos.