Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai Dado que las razas teutónicas iniciaron su vida tribal con una veneración supersticiosa por el sexo femenino (¡aunque, de hecho, en Alemania esto está desapareciendo!), y los estadounidenses empezaron su vida social bajo la amarga percepción de la insuficiencia numérica de mujeres[349] (las cuales, ahora en aumento, me temo que están perdiendo el prestigio de que disfrutaron sus madres coloniales), en la civilización occidental, el respeto que el hombre muestra a la mujer se ha convertido en el estándar principal de moralidad. Pero en la ética militar del bushido, la principal línea divisoria entre el bien y el mal, debía buscarse en otra parte. Se situaba en el cumplimiento del deber, que vinculaba al hombre con su propia alma divina, y luego con las otras almas de las cinco relaciones[350] que he mencionado anteriormente. De ellas, hemos explicado en detalle a nuestros lectores la lealtad, la relación entre un hombre como vasallo y otro como señor. Sobre el resto, solo he reparado casualmente si se ha presentado la ocasión porque no eran específicas del bushido. Al basarse en el afecto natural, no podrían, sino ser comunes a todo el género humano, si bien en algunos pormenores pueden haberse acentuado por condiciones inculcadas por sus enseñanzas. A este respecto, me viene a la mente la peculiar solidez y ternura de la amistad entre hombres, que a menudo añadía al vínculo de fraternidad un apego romántico, sin duda, intensificado por la separación de sexos en la juventud; una separación que negaba al afecto el canal natural que sí se le abría en la caballería occidental o con la libertad sexual de los territorios anglosajones. Podría llenar muchas páginas con las versiones japonesas de la historia de Damón y Pitias, o Aquiles y Patroclo, o hablar en la jerga del bushido de vínculos tan afectuosos como los que unían a David y a Jonatán[351].