Bushido, el código samurai

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El sintoísmo[57] ofreció en abundancia lo que el budismo no podía dar. La lealtad al soberano, la devoción a la memoria de los antepasados y la piedad filial como no las enseña ningún otro credo eran inculcadas por las doctrinas del sintoísmo, que conferían cierta pasividad al carácter más bien arrogante del samurái. La idea del «pecado original» no tiene cabida en la teología sintoísta. En cambio, sí cree en la bondad innata y en la pureza divina del alma humana, y la venera como el aditum[58] desde el que se proclaman los oráculos divinos. Todo el mundo se ha percatado de que los templos sintoístas carecen manifiestamente de objetos y utensilios de culto, y que su mobiliario está constituido en esencia por un simple espejo suspendido en medio del santuario. La presencia de ese objeto es fácil de explicar: simboliza el corazón humano, que, cuando es completamente plácido y puro, refleja la propia imagen de la divinidad. Así, cuando uno se sitúa frente al altar para orar, observa su propia imagen reflejada en la superficie resplandeciente, y este acto de culto equivale al antiguo mandamiento délfico, «conócete a ti mismo»[59]. Sin embargo, el conocimiento de uno mismo no implica ni en el aprendizaje griego ni en el japonés, el conocimiento de la parte física del hombre ni el de su anatomía o su psicofísica. El conocimiento debía ser de tipo moral; una introspección de nuestra naturaleza moral. Mommsen[60], al comparar a griegos y a romanos, dice que cuando los primeros rezaban miraban al cielo, porque su oración era contemplación, mientras que los segundos se cubrían la cabeza, porque la suya era reflexión. En esencia igual que la concepción romana de la religión, nuestra reflexión otorga protagonismo, no tanto a la conciencia moral, sino a la conciencia nacional del individuo. Su adoración de la naturaleza ha hecho que amemos nuestro país en lo más profundo de nuestras almas, mientras que la adoración de los antepasados, que pasa de generación en generación, ha convertido a la familia imperial en el manantial de la nación. Para nosotros, el país es más que la tierra y el suelo del que se extrae oro o se recoge trigo; es la morada sagrada de los dioses, de los espíritus de nuestros antepasados; para nosotros, el emperador es más que el arco de bóveda de un Rechtsstaat[61], o incluso que el señor de un Culturstaat[62]; es el representante físico del cielo en la Tierra, que reúne en su persona su poder y clemencia[63]. Si lo que dice Boutmy[64] sobre la realeza inglesa es cierto —que «no es solo la imagen de la autoridad, sino el creador y el símbolo de la unidad nacional»— como creo que lo es, lo mismo puede decirse, multiplicado por dos o por tres, en cuanto a la realeza de Japón.


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