Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai El carácter que el bushido estampó en nuestro país y en los samuráis en particular no puede decirse que forme «un elemento irreducible de la especie», pero no hay dudas en cuanto a la vitalidad que conserva. Si el bushido fuera una mera fuerza física, el impulso que ha cobrado en los últimos setecientos años, no podría detenerse tan repentinamente. Si se transmitiera solo de forma hereditaria, su influencia debería ser muy generalizada. Solo pensemos, como ha calculado Cheysson[378], un economista francés, que, suponiendo que hubiera tres generaciones en un siglo, «por las venas de cada uno de nosotros correría la sangre de al menos veinte millones de personas que vivieron en el año 1000 d. C.». El simple campesino que escarba la tierra, «doblado bajo el peso de los siglos»[379], lleva en sus venas la sangre de siglos y, por tanto, es nuestro hermano tanto como «el del buey».
Como un poder inconsciente e irresistible, el bushido ha estado impulsando al país y a los individuos. Yoshida Shôin[380], uno de los precursores más brillantes del Japón moderno, hizo una honesta confesión de la raza cuando escribió la siguiente estrofa, la víspera de su ejecución:
Sabía muy bien que este camino me llevaría a la muerte;
Fue el espíritu del Yamato el que me impulsó
A atreverme a cualquier cosa.