Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai Se ha dicho que Japón ganó su última guerra con China utilizando rifles Murata y cañones Krupp[407]. Se ha dicho que la victoria fue producto de un sistema educativo moderno; pero no son más que medias verdades. ¿Alguna vez salieron de un piano, aunque lo fabricaran los artesanos más selectos de Ehrbar o Steinway[408], las Rapsodias de Liszt[409] o las Sonatas de Beethoven[410] sin que lo tocara un maestro? O, si las armas ganan batallas, ¿por qué Louis Napoleon[411] no derrotó a los prusianos con su mitrailleuse, o los españoles y sus Mausers[412] a los filipinos, que no tenían nada mejor que anticuadas Remingtons? No es necesario repetir lo que se ha convertido en un manido dicho, que es el espíritu el que da vida[413], y sin este el mejor de los instrumentos sirve de muy poco. Los rifles y los cañones más avanzados no disparan por iniciativa propia. El sistema educativo más moderno no crea cobardes o héroes. ¡No! Lo que hizo que ganáramos las batallas en el Yalu[414], en Corea y Manchuria fueron los espíritus de nuestros padres guiando nuestras manos y latiendo en nuestros corazones. No están muertos esos fantasmas, los espíritus de nuestros antepasados guerreros. Para aquellos que tienen ojos para ver, son claramente visibles. Si despojamos a un japonés de las ideas más avanzadas, mostrará un samurái. El gran legado del honor, el valor y todas las virtudes marciales es, como expresa con mucho acierto el profesor Cramb, «nuestro, por ser sus depositarios, el feudo inalienable de los muertos y de las futuras generaciones»[415], y el llamamiento del presente es proteger este legado, no tocar ni un ápice del antiguo espíritu; el llamamiento del futuro será tanto ampliar su alcance como aplicarlo en todos los ámbitos y relaciones de la vida.