Bushido, el código samurai

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Se ha pronosticado, y las predicciones se han corroborado con los hechos del último medio siglo, que el sistema moral del Japón feudal, igual que sus castillos y sus armerías, se convertirán en polvo, y se erigirá una nueva ética cual ave Fénix, que acompañará al Nuevo Japón por la senda del progreso. Por muy deseable y probable que sea el cumplimiento de dicha profecía, no debemos olvidar que el ave Fénix renace solo de sus cenizas, y que no es un ave de paso, ni vuela con artilugios que toma prestados de otras aves. «El reino de Dios está en vosotros»[416]. No viene rodando montaña abajo, por muy alta que sea; no viene navegando por los mares, por muy anchos que sean. «Dios ha concedido —dice el Corán[417]—, a cada pueblo un profeta en su propia lengua». Las semillas del Reino, avaladas y recibidas por la mentalidad japonesa, florecieron en el bushido. Ahora sus días llegan a su fin —es triste decir que antes de su plenitud— y buscamos en todas direcciones otras fuentes de ternura y luz, de fuerza y bienestar, pero entre ellas todavía no se ha hallado nada que ocupe su lugar. La filosofía de beneficios y carencias de los utilitaristas y materialistas[418] encuentra aprobación entre los pedantes con media alma. El único otro sistema ético con poder suficiente para lidiar con el utilitarismo y el materialismo es el cristianismo, en comparación con el cual, el bushido, debo confesar, es como «un pábilo que humeara»[419] que el Mesías proclamó no apagar, sino avivar en llama. Al igual que sus precursores hebreos, los profetas —en particular Isaías, Jeremías, Amós y Habacuc[420]— el bushido hizo especial hincapié en la conducta moral de gobernantes, hombres públicos y naciones, mientras que la ética de Cristo, que se ocupa casi exclusivamente de los individuos y de sus discípulos personales, encontrará una aplicación cada vez más práctica a medida que el individualismo, en su capacidad de factor moral, aumenta su fuerza. La llamada moral de los señores de Nietzsche[421], dominadora y de autoafirmación, que en algunos aspectos se asemeja al bushido, es, si no estoy muy equivocado, una fase pasajera o una reacción temporal contra lo que él denomina, la distorsión mórbida, la moral de esclavos, humilde y de abnegación, del Nazareno[422].


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