Bushido, el código samurai
Bushido, el código samurai Valor, Entereza, OsadÃa, Arrojo, Audacia, al ser las cualidades del alma que más atractivas resultaban para las mentes jóvenes, y que pueden ejercitarse con práctica y ejemplo, eran, por asà decirlo, las virtudes más populares, y emuladas por la juventud. Las historias de hazañas militares se repetÃan delante de chicos a los que prácticamente acababan de dejar de darles el pecho. ¿Acaso un tontÃn llora cuando le duele algo? La madre le reprende asÃ: «¡Qué cobarde por llorar por un dolor insignificante! ¿Qué harás cuando te corten el brazo en una batalla? ¿Y cuándo te insten a hacerte el hara-kiri?»[95]. Por todos es conocida la patética entereza de un joven niño-señor de Sendai[96] que en la obra dice: «¿Ves a estos diminutos gorriones en el nido, cómo abren sus picos tanto como pueden? Y mira ahora, ahà llega su madre con gusanos para alimentarlos. ¡Con qué ansia y felicidad comen los pequeñines! Pero para un samurái, cuando su estómago está vacÃo, es una desgracia tener hambre». Las historias de entereza y coraje abundan en los cuentos para niños, si bien este tipo de historias no son para nada el único método para inculcar osadÃa y valentÃa a temprana edad. Los padres, con una severidad que a veces rayaba la crueldad, encargaban a sus hijos tareas que requerÃan todo su valor. «Los osos arrojan a sus crÃas por el barranco» decÃan[97]. A los hijos de los samuráis se les enfrentaba a grandes adversidades, y se les espoleaba a realizar tareas del tipo de SÃsifo[98]. La privación de comida o exposición al frÃo, puntualmente, se consideraba una prueba muy eficaz para acostumbrarles a ser resistentes. Se mandaba a niños muy pequeños ante personas totalmente desconocidas para entregar mensajes, los niños debÃan levantarse antes de que saliera el sol y antes de desayunar debÃan hacer sus ejercicios de lectura, ir andando descalzos hasta donde estaban los maestros en pleno invierno; con frecuencia —una o dos veces al mes, como en la celebración de un dios del aprendizaje[99]— se reunÃan en pequeños grupos y pasaban la noche en vela, leyendo en voz alta por turnos. La peregrinación a toda clase de sitios inquietantes —a campos de ejecución, cementerios, casas supuestamente encantadas— era el pasatiempo preferido de los jóvenes. En aquellos tiempos en que la decapitación era un acto público, los niños pequeños no solo debÃan presenciar la terrible escena, sino que además debÃan visitar el lugar por la noche, solos, y dejar una marca de su visita en la cabeza del difunto.