Bushido, el código samurai

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La benevolencia con el débil, el oprimido o el vencido, siempre se ensalzó como característica propia de un samurái. A los amantes del arte japonés les sonará la representación de un sacerdote montado de espaldas sobre una vaca. El jinete fue un guerrero antaño que en su día convirtió su nombre en sinónimo de terror. En esa terrible batalla de Sumano-ura (1184 d. C.),[121] que fue una de las más decisivas de nuestra historia, venció a un enemigo en combate singular y lo sujetó entre sus gigantescos brazos[122]. En tales ocasiones, la etiqueta de la guerra exigía que no se derramara sangre salvo que la parte débil demostrara ser un hombre de igual rango o habilidad que el más fuerte. El siniestro combatiente quiso saber el nombre del vencido; pero al negarse este a decírselo, le arrancó el casco sin piedad, y al ver un rostro joven, bello e imberbe, el caballero se sorprendió y aflojó su control. Ayudando al muchacho a levantarse, le instó a huir en tono paternal: «¡Corre, joven príncipe, al lado de tu madre! La espada de Kumagayé[123] no se empañará jamás con una gota de tu sangre. ¡Rápido, huye por aquel desfiladero antes de que llegue el enemigo!». El joven guerrero se negó a huir, y suplicó a Kumagayé, por el honor de ambos, que acabara con él en el acto. Sobre el pelo cano del veterano brilla la fría hoja de la espada, que tantas vidas había sesgado, pero su valiente corazón flaquea; le viene a la mente la imagen sesgada[124] de su propio hijo, que aquel mismo día marchaba al sonido de un clarín para probar sus primeras armas; la fuerte mano del guerrero tiembla; de nuevo suplica a su víctima que huya para salvar su vida. Viendo que sus súplicas son en vano y oyendo que se aproximan sus camaradas, exclama: «Si te alcanzan, perecerás a manos más infames que las mías. ¡Oh, tú, Infinito, recibe su alma!». En un instante la espada resplandece en el aire, y al caer, está teñida de la sangre del muchacho. Cuando acaba la guerra, vemos a nuestro soldado regresar triunfal, pero ya no le importa el honor o la fama; abandona su vida como guerrero, se afeita la cabeza, viste el hábito de sacerdote, y dedica el resto de sus días a la peregrinación espiritual, sin dar jamás la espalda al Oeste, donde se halla el paraíso de donde procede la salvación y hacia donde el sol se apresura cada día para su descanso.


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