Bushido, el código samurai

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Los críticos quizá detecten contradicciones en este relato, que es casuísticamente vulnerable. ¡Y qué más da! De todas formas, refleja que la ternura, la compasión y el amor eran rasgos que adornaban las hazañas más sanguinarias de los samuráis. Una antigua máxima imperaba entre ellos: «No está bien que el cazador de aves mate al pájaro que se refugia en su regazo»[125]. Esto explica en gran medida por qué el movimiento de la Cruza Roja, considerado tan inherentemente cristiano, arraigó tan fácilmente entre nosotros[126]. Varias décadas antes de oír hablar de la Convención de Ginebra, Bakin[127], nuestro escritor más importante, nos había familiarizado con la atención médica de un enemigo caído. En el principado de Satsuma[128], famoso por su espíritu marcial y su educación, entre los jóvenes prevalecía la costumbre de tocar música; no el estrépito de las trompetas o el redoble de tambores —«esos clamorosos mensajeros de la sangre y la muerte»[129]— que nos incitan a imitar a un tigre, sino melodías tristes y delicadas en la biwa[130], que calman nuestro espíritu fiero, aleja nuestros pensamientos del olor de la sangre y de las imágenes de carnicerías. Polibio[131] nos habla de la constitución de Arcadia, que exigía que todos los jóvenes menores de treinta años tocaran música, para que este noble arte pudiera mitigar los rigores de la inclemente región. Así, atribuye a su influencia la ausencia de crueldad en aquella parte de las montañas arcadias.


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