Bushido, el código samurai

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Su maestro[135], impertérrito ante un sentimiento tan rudo, continuó alentando al joven, hasta que un día la música de su alma se despertó para responder a las dulces notas del uguisu, y escribió:

Se detiene el guerrero, armado y fuerte,

a oír el canto del uguisu,

un dulce trinar entre los árboles.

Admiramos y apreciamos el heroico incidente de la corta vida de Körner, que al caer herido en el campo de batalla, escribió su famoso «Adiós a la vida»[136]. Los incidentes de este tipo no eran nada extraños en nuestras batallas. Nuestros poemas concisos y epigramáticos[137] eran muy apropiados para la improvisación de un único sentimiento. Toda persona, fuera cual fuera su educación, era un poeta o un poetastro[138]. Era habitual ver cómo un soldado que marchaba se detenía, sacaba sus utensilios de escribir del cinto, y componía una oda; y los papeles se encontraban luego en los cascos o bajo las corazas, al retirarlas de los cuerpos sin vida de quienes las llevaban.


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